De noche, suelo pararme junto a su cama y mirarla.

05.04.2020

Por Maribel Escobedo


De noche, suelo pararme junto a su cama y mirarla, parece que no respira, me acerco hasta poder ver el leve movimiento de su pecho de arriba abajo y me cercioro que solo está dormida.

Doy vueltas por el pasillo con un cigarro entre los labios, pensando en qué va a ser de ella.

Por la mañana, en el desayuno, hago como que nada sucede, vemos las noticias y reímos un poco, pero dentro, la preocupación me apaga la ironía.

Me pregunta si dormí bien y respondo que sí, que me he levantado tarde de tanto dormir, no sabe que en realidad paso las noches rondando afuera de su cuarto sin hacer ruido.

Barro y trapeo la casa, preparo nuestra comida, separo sus platos y vasos de los míos, están marcados con un puntito de esmalte, de distinto color, para no confundirlos.

De tarde ella mira el programa de concurso que tanto le gusta, yo la miro a ella a distancia.

Me pregunta cuándo va a poder salir a la calle, le digo que lo más recomendable es esperar uno o dos meses más y que le he comprado cubrebocas.

Tranquila y sin quejarse, intenta abrir la bolsita para sacarlos, no puede y yo no puedo ayudarla, me desespero al verla intentando, pero no quiero acercarme.

Verla batallar me hace enojar, con ella, conmigo, con sus manos torpes y arrugadas, con su fragilidad y vejez.

Miro en el celular las últimas noticias, los nuevos casos, los fallecidos, las edades.

Es de noche otra vez, abro la puerta del patio y entra el perro a la casa, corre hacia el sillón donde está ella, lo recibe dulce y con la mirada iluminada.

Después de su vaso tibio con leche y galletas, vemos las últimas noticias del día, va a su cuarto y busca su camisón, me despido de lejos y le digo que todo va a estar bien.


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