Concierto Benéfico

09.04.2020

El privilegio de sentir el sol por Johan Flores, España


Por Manuel Escoguéz 


Era viernes 13 de marzo, los noticieros informaban que el virus comenzaba a expandirse en el país, pero creí que estaban exagerando, el sábado me quedé de ver con unos amigos en un bar del centro, ese fin de semana los casos de contagio se fueron duplicando y triplicando, la gente comenzaba a entrar en pánico, los supermercados se fueron desabasteciendo, y se empezó a haber una histeria colectiva. El domingo por la noche mi jefa me telefoneó, diciéndome que pasaríamos la semana trabajando desde casa, comencé a darle importancia y atención a lo que decían en los noticieros.

El lunes 16 fui al supermercado a hacer la despensa semanal. Al llegar noté los estantes vacíos, no había pan, no había carnes frías, enlatados, sopas instantáneas, papel higiénico... parecía que estábamos en zona de guerra, las personas yacían por los pasillos semi vacíos echando a sus carritos los pocos artículos que quedaban. Comencé a tener miedo. Lo único que pude conseguir fueron dos cajas de galletas, unas tortillas de harina, y una tapa de huevos, tenía que conformarme con eso; no había más. Conforme pasaban los días fui arreglándomelas consiguiendo comida en pequeñas misceláneas, lo difícil fue administrarme, acostumbrar al cuerpo a comer solamente en la mañana y en la noche. Una estrategia simple, pero que me ayudó a sobrellevar la situación durante las primeras semanas.

Llevo una vida de solitario, así que no me costó mucho quedarme en casa, pero cuando te quitan algo que tienes, lo anhelas, así que en días posteriores lo único que quería era salir, correr por las calles. Desde casa, notaba la poca circulación de vehículos, no hacía falta salir para darse cuenta que algo andaba mal, de que algo pasaba. Los noticieros a cada hora daban una cifra más elevada de los casos confirmados, las muertes también se fueron elevando poco a poco, sentía una especie de angustia, de no poder hacer nada más que quedarme en casa, una impotencia que me lastimaba.

Fueron pasando los días, ya no me interesaba tanto escuchar los noticieros, me deprimía saber que la cifra de fallecidos y contagiados iba en aumento cada día, cada hora.

Despertaba por las mañanas y tocaba un poco la guitarra, un par de días llevando esta rutina mañanera, los vecinos empezaron a aplaudir al comienzo y término de cada canción, eso me llenaba un poco de satisfacción, sentía que por fin podía hacer algo de utilidad, dar entretenimiento a las personas para que por unos minutos olvidaran el confinamiento domiciliario.

Se volvió una rutina disciplinaria, cada día al despertar iba por la guitarra, y sin salir al balcón me ponía a tocar algunas canciones que consideraba necesarias, Silvio, Dylan, Sabina, etc., y ahí estaban otra vez la ovación, los aplausos, y una sonrisa se dibujaba en mí. No escuché noticias por semanas, quería quedarme con la esperanza de que las cosas iban a salir bien. Me daba una especie de paranoia salir al balcón a respirar aire fresco, pero me hacía falta, me sentía desesperado a punto de entrar en un ataque de ansiedad, por lo que una mañana rompí con mi ritual musical, salí al balcón y empecé a escuchar aplausos y ovaciones. Aclaré la mirada y vi a mi alrededor, las personas aplaudían la labor del departamento de sanidad, que cada mañana salía a las calles a limpiar y desinfectar. En ese momento me di cuenta que los aplausos no eran para mí, no me sentí mal, al contrario, yo también comencé a aplaudir.

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